La consciencia humana ya no se entiende como una función localizada en un punto específico del cerebro, sino como el resultado de la coordinación de varias regiones cerebrales que forman redes funcionales. Una de las más importantes es la red por defecto (default mode network, DMN), que se activa principalmente cuando no se está concentrado en una tarea externa.

Contrario a la creencia de que el cerebro descansa en estado de reposo, la DMN permanece activa y dirige la atención hacia procesos internos. Esta red incluye zonas como la corteza prefrontal medial, el córtex cingulado posterior, el precúneo y partes del lóbulo temporal medial, entre ellas el hipocampo. Estas áreas están relacionadas con funciones cognitivas complejas, como la memoria autobiográfica, la evocación de experiencias pasadas, la planificación de escenarios futuros y la evaluación del propio estado mental.

Estos mecanismos internos constituyen la base de la dimensión subjetiva y reflexiva de la experiencia consciente. Evolutivamente, este procesamiento interno aportó ventajas adaptativas al permitir al individuo integrar recuerdos y anticipar situaciones, facilitando una conducta flexible ante un entorno cambiante.

La consciencia puede verse como un fenómeno emergente vinculado a la complejidad creciente del sistema nervioso, que requiere coordinar información distribuida en múltiples regiones cerebrales. La red por defecto opera en equilibrio con otras redes cerebrales responsables del control atencional y la interacción con el entorno, lo que permite alternar entre el foco en el mundo externo y la introspección.

El desarrollo de técnicas de neuroimagen funcional, como la resonancia magnética funcional y la tomografía por emisión de positrones, fue clave para identificar la DMN y avanzar en la comprensión empírica de la consciencia como un fenómeno biológico. Así, la neurociencia ha desplazado la discusión sobre la consciencia desde la filosofía hacia un campo de estudio experimental y objetivo.