El desarrollo de la vacuna contra el COVID-19 estableció un nuevo récord mundial en velocidad, logrando en unos meses lo que históricamente demoraba años o incluso décadas. Este acelerado proceso fue posible gracias a una financiación masiva, la colaboración internacional y la realización simultánea de varias etapas del desarrollo, aspectos que permitieron aislar el virus SARS-CoV-2 y aprobar las primeras vacunas para uso de emergencia durante el mismo año de la detección del virus.
En comparación, entre el descubrimiento del virus causante y la comercialización de vacunas anteriores, los tiempos fueron mucho más extensos. Por ejemplo, la vacuna contra la gripe tardó cerca de una década en su desarrollo tras aislarse el virus a principios de los años 30. La vacuna para la tos ferina demoró aproximadamente nueve años desde la identificación del agente causante hasta su disponibilidad comercial.
Otras vacunas, como las del tétanos y el ébola, requirieron aún más tiempo. La vacuna contra el tétanos se completó décadas después de que se reconociera la enfermedad, mientras que la protección contra el virus del ébola Zaire, detectado en 1975, no estuvo lista hasta 2015 y su aprobación para uso general ocurrió en 2019. Recientemente también se ha reportado un brote de ébola de la variante Bundibugyo en África, para el cual científicos trabajan en su propia vacuna, cuya disponibilidad se espera en pocos meses.
Este contraste en los tiempos de desarrollo evidencia el impacto que tuvo la emergencia sanitaria global causada por el COVID-19, así como los avances tecnológicos y logísticos aplicados específicamente para enfrentar esta pandemia.
