La popularidad de las duchas y baños en agua fría para mejorar la salud y reducir el estrés ha crecido en los últimos años gracias a influencers y atletas que promueven esta práctica como un remedio milagroso. Sin embargo, un metaanálisis realizado por investigadores de la Universidad del Sur de Australia revisó estudios globales y concluyó que los beneficios de esta tendencia son mucho más limitados de lo que se cree.

Los análisis evaluaron inmersiones en agua entre 7 y 15 grados Celsius, con duraciones que variaron desde 30 segundos hasta dos horas. Aunque se identificaron algunos efectos positivos, la mayoría de los datos proceden de atletas, lo que no garantiza que los resultados se apliquen a la población general. Por ejemplo, un estudio paralelo de la Universidad de Coventry reportó que, aunque el agua fría puede aumentar el gasto energético a corto plazo al activar la quema de grasa, este efecto se ve compensado por un aumento del apetito, neutralizando cualquier beneficio potencial para perder peso.

En cuanto a la capacidad de reducir el estrés, los investigadores señalaron que la inmersión en agua fría puede disminuir los niveles de tensión, pero sólo durante un corto periodo, aproximadamente 12 horas tras la exposición. No se encontraron evidencias de un alivio inmediato ni de efectos sostenidos a largo plazo. Esta conclusión se suma a estudios previos que ya cuestionaban los llamados rituales matutinos extremos, como levantarse muy temprano, que tampoco han demostrado mejoras significativas en la productividad o el bienestar.

En resumen, aunque los baños fríos pueden ofrecer algunos efectos puntuales, la ciencia no respalda las afirmaciones que los posicionan como una solución para problemas de estrés o como un método eficiente para mejorar la salud general fuera del contexto deportivo. Esta evidencia invita a la población a tomar con cautela las modas impulsadas por las redes sociales y a basar sus prácticas de bienestar en información rigurosa y comprobada.