Un refugio natural en la Isla Norte de Nueva Zelanda permaneció sellado durante aproximadamente un millón de años por capas de cenizas volcánicas, permitiendo la conservación excepcional de restos fósiles que aportan una visión inédita sobre la evolución de la fauna local. Este descubrimiento destaca por la precisión con que se pudo establecer una cronología gracias a la presencia de fósiles entre dos grandes erupciones volcánicas, facilitando el análisis del ecosistema antiguo y su comparación con especies actuales.
Entre las especies encontradas sobresale el género Leiopelma, un grupo de ranas nativas que prácticamente no han sufrido cambios morfológicos en un millón de años, lo que constituye un caso emblemático de estabilidad evolutiva. Este hallazgo resulta especialmente relevante frente a la dinámica habitual de las especies que tienden a modificar su forma en respuesta a nuevas condiciones ambientales.
En contraste, el estudio de huesos de aves del sitio reveló que más de la mitad de las doce especies identificadas desaparecieron antes de que los humanos llegaran a las islas. Esta evidencia confirma que reemplazos importantes en la fauna aviar ya ocurrieron en un pasado remoto. Entre los fósiles recuperados, destaca además uno de una especie desconocida, cercana al kakapo, un loro terrestre incapaz de volar que aún existe en Nueva Zelanda, pero que presentaba diferencias anatómicas significativas, especialmente en sus extremidades.
